Es común ver a lectores y reseñadores hablar con pasión de una historia que los conmovió, los hizo llorar o les cambió la vida. Uno los escucha o los lee, se contagia de esa emoción y piensa: “tengo que leerlo”. Entonces llega el libro a nuestras manos, lo abrimos con ilusión... y, a medida que avanzan las páginas, algo no encaja. No nos atrapa, no sentimos esa chispa. Y al final, lo cerramos con una mezcla de decepción y culpa, preguntándonos si somos nosotros los del problema o si el libro no era tan bueno después de todo.
Pero quizás la respuesta es más simple: no era un libro para nosotros.
Así como no todas las canciones nos tocan igual o no todas las películas nos llegan de la misma forma, con los libros pasa lo mismo. Cada lector tiene su momento, su estado de ánimo, su historia personal y sus propios temas que le resuenan más o menos. Un libro puede ser perfecto para alguien que está viviendo cierta etapa, mientras que para otro pasa completamente desapercibido.
Eso no convierte al libro en “malo” ni al lector en “equivocado”. Solo demuestra que la lectura es una experiencia profundamente personal.
Quizás ese libro que hoy no te dijo nada, dentro de unos años te hable de otra manera. O tal vez simplemente nunca lo haga, y está bien. Porque leer no debería ser una competencia por amar lo que otros aman, sino un viaje propio en busca de las historias que sí nos mueven por dentro.
Así que la próxima vez que un libro te decepcione después de tantas recomendaciones, no te castigues ni lo descartes del todo. Agradece la experiencia y sigue buscando.
Al final, el mejor libro no es el que todos aman, sino el que logra conectar contigo.
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